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LOS CONTRAS, ESTADOS UNIDOS, MALVINAS Y ARGENTINA

 

Durante mucho tiempo, la política exterior, en la Argentina, ha estado altamente influida por consideraciones geopolíticas. A través del espectro político del país, para los nacionalistas, tanto militares como civiles, el acceso a los recursos estratégicos ha constituido la clave para el desarrollo independiente de la Argentina. Aún más, la declinación económica y política ha sido atribuida generalmente al accionar del imperialismo occidental.

 

En este contexto, las islas Malvinas y sus dependencias no son sólo importantes como un símbolo de la independencia política argentina con respecto a Europa, sino que son consideradas como esenciales frente a los reclamos argentinos en el Atlántico Sur y la Antártida. Por un largo período, muchos argentinos han sospechado que esos reclamos, junto con la posibilidad de fuentes de petróleo en el área, son -más que los derechos de la autodeterminación de los habitantes de las islas-, las razones reales de por qué los británicos no desean negociar la soberanía sobre las mismas. (Little, págs. 300 y 30 1)

 

Los elementos más nacionalistas dentro de las Fuerzas Armadas consideraron, a menudo, planes para apoderarse de las Malvinas por la fuerza. Mientras que la esperanza de que las negociaciones con Gran Bretaña conducirían a una transferencia pacífica de la soberanía de las islas se mantuvo siempre firme, al mismo tiempo la impresión de que los británicos no estaban preparados para hacerlo iba ganando adherentes.

 

La decisión de invadir las islas en algún momento durante 1982 (la fecha del 2 de abril sólo se decidió unos pocos días antes) no fue un acto impulsivo, sino el resultado de un juego complejo de circunstancias - algunas internas y otras internacionales - que condujeron a los líderes argentinos a la creencia de que los riesgos eran mínimos y la recompensa sería grande.

 

Problemas internos, problemas del presupuesto británico y las Malvinas

 

Después de haber estado seis años en el poder, los militares argentinos empezaban a desesperarse por conseguir apoyo popular. La economía se estaba deteriorando rápidamente y los Partidos Políticos comenzaban a canalizar el creciente descontento popular en demandas de elecciones democráticas. Muchos miembros de las Fuerzas Armadas sentían que el retorno a un gobierno civil, en las condiciones existentes, conduciría a enfrentamientos, aun a juicios criminales contra militares, especialmente después de que habían empezado a hacerse públicos datos sobre la represión cruenta a partir de 1976. La recuperación de las Malvinas restauraría gran parte del perdido prestigio de los militares, Y convertiría la inevitable transición a la democracia en un hecho totalmente diferente.

 

Mucho se ha especulado también sobre las pretensiones políticas del general Galtieri, como un factor en la invasión de las islas. Si, como algunos afirman, estaba planeando figurar en las próximas elecciones como el candidato de una alianza conservadora-nacionalista, la recuperación de las Malvinas hubiera acrecentado notablemente su popularidad.

 

Otro factor interno, mencionado por algunos, involucró las aspiraciones que tenían algunos oficiales de la Armada Argentina con respecto a la invasión de las Malvinas, en lo que prometía ser una operación mayormente naval. El almirante Anaya, jefe naval y miembro de la junta en 1981-1982, era intimo amigo del general Galtieri y lo ayudó a derrocar al presidente Viola en diciembre de 1981. En esa época, Anaya estuvo de acuerdo en apoyar la retención del comando del Ejército por parte de Galtieri (algo que un presidente militar debía ceder), a cambio del apoyo a un plan naval para recuperar las Malvinas dentro de los próximos años (Feldman, pag.3). Otro aspecto interesante de este hecho, puesto en descubierto por algunos hombres de prensa, es su conexión con los intereses de los EE.UU. Aquellos creen que Galtieri, durante una de sus visitas a los EE.UU., fue aconsejado firmemente por la administración Reagan con respecto a que no entregara el comando del Ejército si subía al poder. Para esto, necesitaba el apoyo de Anaya (Hastings y Jenkis, pág. 46). Los EE.UU. querían que Galtieri mantuviera el comando del Ejército de manera que pudiera «quedar en una posición especialmente ventajosa para edificar una política exterior pro EE.UU».

(FELDMAN, pág. 3)

 

Con respecto a las circunstancias internacionales que condujeron a la decisión de invadir las Malvinas, jugó un rol importante la impresión de que el interés británico por las islas estaba disminuyendo. Mientras que Londres, en las negociaciones, había puesto énfasis en el deseo de los habitantes de mantenerse bajo el gobierno británico, muchos servicios esenciales -energía, transporte, salud- habían pasado gradualmente a manos argentinas. Además, en octubre de 1981, la Ley de Nacionalidad Británica propuso privar a un tercio de los habitantes de las islas de los beneficios de la completa ciudadanía británica. (Gavshon y Rice, pág. 12)

 

En junio de 1981, el gobierno británico anunció el cierre de la estación geofísica en Georgia del Sur, por falta de fondos, y que dejaría fuera de servicios su único barco de guerra en la región -el HMS Endurance- a fin de ahorrar los 5 millones de dólares anuales que significaba el costo de su mantenimiento. Las advertencias del Servicio Exterior de que esta decisión ~a ser mal interpretada por los argentinos, no cambió la postura de un parlamento determinado a recortar el presupuesto de defensa de Gran Bretaña. El anunciado retiro del Endurance figuró en los titulares de varios diarios argentinos, los que pusieron énfasis en el hecho de que parecía que «Gran Bretaña estaba abandonando la protección de las Malvinas» (Hopple, pág. 346).

 

Al punto de vista argentino sobre el decreciente interés en la región, se agrega la incuestionada ocupación argentina de la isla Tule (islas Sandwich del Sur) y el hecho de que desde 1979 Gran Bretaña había vendido equipo militar sofisticado a la Argentina, por un valor de más de 360 millones de dólares, aun después de que el Servicio de Inteligencia Británico había estado advirtiendo a su gobierno sobre una posible amenaza argentina a las islas, desde principios de ese año.  Tal como lo expresan los periodistas británicos Hasting y Jenkins (pág. 48): «si alguna vez una nación se mostró cansada de la resposabilidad colonial, éste era el caso».

 

En conclusión -dejando de lado lo que las condiciones de la Argentina y el creciente desinterés británico en las Malvinas pudieran haber influido en el gobierno argentino para pensar que 1982 era el momento más apropiado para recuperar las islas, fue la creciente amistad con los EE.UU. lo que se convirtió en el factor determinante de la acción argentina.

 

 

Neutralidad de los EE.UU.,política exterior secreta y anticomunismo

 

El general Galtieri dijo, en una entrevista en 1983, que «su búsqueda incondicional de vínculos más estrechos con los EE.UU., desde el mismo comienzo de su presidencia, estuvo ligada a los planes de recuperación de las Malvinas, por la fuerza» (Buenos Aires Herald, abril 3, 1983). La neutralidad de los EE.UU., en cualquier tipo de conflicto en que se involucraran Argentina y Gran Bretaña a continuación de la invasión, era percibido por los líderes argentinos como de capital importancia.

 

El hecho de que EE.UU. tradicionalmente hubiera permanecido neutral, e incluso indiferente, en toda clase de disputas territoriales entre naciones, acentuaba la creencia de que actuaría en la misma forma en esta situación. Además, el establecimiento de una relación estrecha entre Argentina y los EE.UU., que ambos países estaban buscando activamente, pareció hacer de la neutralidad de EE.UU. algo incuestionable. Como dijo el ex presidente Galtieri un año después de la guerra: «Si yo hubiera sabido que los americanos iban a tomar la posición quefinalmente adoptaron, nunca habríamos invadido». (Buenos Aires Herald, abril 3, 1983)

 

Si bien después de la guerra de tres meses puede parecer absolutamente natural que los EE.UU. se hubieran colocado al lado de su viejo aliado Gran Bretaña y en contra de los agresores argentinos, un análisis más detallado de las relaciones de los EE.UU. y la Argentina, desde finales de 1980 hasta abril de 1982, nos dará una perspectiva diferente. Hay que recordar que después de cuatro años de relaciones frías y distantes entre la administración de Carter y el gobierno militar argentino, la victoria de Ronald Reagan, en la elección presidencial de 1980, fue un signo claro de que la política de Washington hacia la Argentina iba a dar un giro completo. El relativo   aislamiento que la Argentina había   soportado con respecto a las naciones occidentales,   y el status de «paria» que había alcanzado en la mayor parte del mundo, iba a ceder lugar, en muy corto tiempo, a una relación con los EE.UU. cada vez más amistosa y estrecha.

 

Contactos de alto nivel entre funcionarios de los EE.UU. y Argentina

 

Aun antes de la inauguración, los miembros del equipo de transición de Reagan viajaron a Buenos Aires para iniciar contactos con la Junta Militar. Estas visitas de representantes de los EE.UU. fueron las primeras de una corriente de misiones de buena voluntad a lo largo de 1981 y principios de 1982. Miembros del Congreso, diplomáticos, miembros de las Fuerzas Armadas, todos, enfilaron hacia el Sur para hacer la corte al gobierno argentino.

 

Las visitas de varios congresistas, a principios de 1981, dieron por sentado que la ayuda y las ventas militares de los EE.UU. a la Argentina, suspendidas por el presidente Carter, serían reiniciadas. Más aún, estas visitas condujeron a declaraciones bien publicitarias sobre el progreso efectuado por el gobierno argentino con respecto a los derechos humanos, y al clima de paz y estabilidad reinante en Buenos Aires.

 

Entre los muchos líderes militares que fueron a la Argentina, la visita del general Edward Meyer (comandante en jefe del ejército de los EE.UU.), del vicealmirante Charks Bagley (jefe del estado mayor conjunto), del almirante Harry Train (comandante de la fuerza aérea), crearon expectativas de cooperación y consulta militar estrechas entre las Fuerzas Armadas de los dos países. Según Del Carril (pág. 66), periodista argentino que testificó ante elcongreso de los EE.UU. en 1983, «estas visitas dieron a los militares argentinos una idea irreal de la importancia estratégica comparativa de la Argentina en el mundo».

 

Varios otros visitantes, particularmente aquellos que fueron como emisorios especiales del presidente Reagan o del secretario de Estado Haig, tuvieron contactos menos publicitarios pero más importantes con funcionarios oficiales del gobierno argentino. El general Vernon Walters, embajador plenipotenciario de Reagan, visitó Buenos Aires a menudo, a lo largo de 1981 y 1982, desarrollando estrechas relaciones con altos líderes militares argentinos. Llevó propuestas para desarrollar posiciones comunes en América Central, lo que se había convertido en el asunto de relaciones exteriores más importante de Reagan; fue también a conseguir la cooperación argentina para bloquear las iniciativas regionales e internacionales para una paz negociada en El Salvador, para conversar sobre la seguridad del Atlántico Sur y para alistar tropas argentinas para una fuerza de paz en Sinaí. (Maechling, 1981, págs. 75-76)

 

Un rumor persistente, que Walters niega, indica que el general Galtieri trató, en varias ocasiones, de usar a Walters para sondear la política de los EE.UU. en el caso de una recuperación argentina de las islas Malvinas.

 

Según el comandante naval de los EE.UU., Van Sant Hall (págs. 23 y 24), «el general Walters habló en repetidas oportunidades de un hipotético pedido argentino de neutralidad de los EE.UU. con la precondición de que los argentinos no mataran británicos al capturar las islas». No es de sorprenderse que los argentinos evitaran escrupulosamente bajas de soldados británicos o de habitantes de las islas durante la invasión.

 

Otro visitante importante fue Thomas Enders, asistente del secretario de Estado para los Asuntos Internacionales y uno de los arquitectos de la política hemisférica de Reagan. El también llevó propuestas con relación a la situación argentina en América Central y deseaba el apoyo argentino para convocar una fuerza interamericana contra Nicaragua y la guerrilla salvadoreña. Aseguró a los argentinos que el embargo de armas, en vigencia desde 1978, se levantaría y puso énfasis en la importancia que Reagan daba al fortalecimiento de las relaciones argentinonortearnencanas.

 

En un tipo de situación similar a la de Walters, el ministro de Relaciones Exteriores argentino, Costa Méndez, trató de evaluar cómo reaccionarían los EE.UU. en una escalada de conflicto entre Argentina y Gran Bretaña con respecto a las Malvinas: «No intervención» («Hands off! ») fue la respuesta, y Costa Méndez vio en este mensaje una confirmación del desinterés americano en el asunto (Cardoso, pág. 49). El almirante Anaya, jefe naval y miembro de la junta en 1981-1982, ha expresado también que él sabía que Enders había dicho a Costa Méndez que < para nosotros, este problema no nos concierne > (Gente, pág. 29 y 30).  Jeanne Kirkpatrick, embajadora de los EE.UU. ante las Naciones Unidas, también visitó la Argentina en 1981. Su bien conocido acceso a la Casa Blanca, y su reputación en círculos conservadores norteamericanos, habían magnificado su figura a los ojos argentinos (Feldman, pág. 7). Inicialmente fue en Buenos Aires a solicitar tropas para el Sinaí, pero, según fuentes oficiales de Argentina, se discutieron toda clase de asuntos sobre el hemisferio. A principios de 1982, en una conversación con Eduardo Roca, embajador argentino ante las Naciones Unidas, se afirma que Kirkpatrick dijo: «nosotros vemos esto ( las Malvinas ), como un problema entre los argentinos y los británicos, y no creemos que los EE.UU. deban intervenir» (Cardoso, pág. 108).

 

Para los líderes argentinos, éste fue un signo, una vez más, de la política norteamericana de «no intervención con respecto a las islas».

 

De acuerdo al periodista de los EE.LJU. Henry Raymont, el general Walters y otros visitantes civiles y militares norteamericanos que visitaron Argentina, «fueron directamente responsables (para la decisión argentina de invadir las islas) al dar respuestas amistosas o por lo menos ambiguas a sus colegas argentinos que expresaron su deseo de recuperación del archipiélago».

 

En una forma algo diferente, pero conduciendo a los mismos resultados finales, las visitas del presidente Viola y del futuro presidente Galtieri a los EE.UU. (en 1981) hicieron creer a los líderes argentinos que se estaba desarrollando una relación muy importante con el gobierno norteamericano.  En marzo, al general Viola, presidente designado de la junta y comandante del ejército durante la «desaparición» de miles de civiles argentinos, se le dio una bienvenida «real» en la Casa Blanca. Se reunió con el presidente Reagan, el secretario de Estado Haig y líderes del Congreso para discutir un amplio espectro de problemas, incluyendo la situación en América Central (New York Times, marzo 17, 1981). Fue el general Galtieri, sin embargo, quien tendría más frecuentes y más importantes contactos con los oficiales del gobierno y con los líderes militares de los EE.LJU. Como comandante en jefe del ejército, viajó a los EE.UU. en agosto de 1981 en una recorrida de diez días por las instalaciones militares, como invitado del general Edward Meyer. Unos pocos meses después, en noviembre, volvió para asistir a la Conferencia de Jefes de los Ejércitos Americanos. En un almuerzo en su honor en la Embajada Argentina, la lista de invitados era llamativa: Caspar Weinberger (secretario de Defensa), Richard Allen (asesor de Seguridad Nacional), general Edward Meyer (comandante en jefe del Ejército), John Marsh (secretario de Ejército), Paul Roberts (secretario asistente de Política Económica), William Middendorf (embajador de EE.UU. ante la OEA), Thomas Enders, y el general Vernon Walters (Cardoso, págs. 13-15). A continuación del almuerzo, Galtieri pronunció un breve discurso en el cual dijo que «la Argentina y los EE.UU. marcharán juntas en la guerra ideológica que está comenzando en el mundo». (Miami Herald, diciembre 2, 198l).

 

Después de estas visitas a Washington, y de los largos encuentros que mantuvo allí con funcionarios prominentes norteamericanos (incluyendo al director de la CIA, Casey), Galtieri comenzó a tratar de convencer a sus colegas, en los niveles más altos de las Fuerzas Armadas argentinas, de la conveniencia de estrechar vínculos con los EE.UU. Fue muy crítico de la política moderada hacia los EE.UU., tal como la conducía el presidente Viola. Pudo convencer a muchos oficiales de alto rango de que «una relación de cooperación estrecha con los EE.UU., de la que él era partidario, sería la mejor para conseguir los objetivos territoriales de la Argentina en el Atlántico Sur». (Del Carril, pág. 67)

 

Galtieri, enormemente influido por lo que había oído en Washington, esperaba inaugurar una nueva era en las relaciones argentino-norteamericana. Para muchos argentinos, dentro y fuera del gobierno, la calidad de estas relaciones, y la influencia que los militares argentinos tenían en Washington, «estaban representadas por el número de importantes funcionarios de la administración Reagan y de los oficiales del Pentágono que asistieron al almuerzo en honor del general Galtieri», a principios de noviembre de 1981 (Del Carril, pág. 67). No es de sorprenderse que, unas semanas después, Galtieri y la junta organizaran un golpe contra el presidente Viola, golpe que parecía tener la bendición de Washington (Christian Science Monitor, diciembre 18, 1981). Los rumores en Buenos Aires en esa época, aseguraban que Galtieri durante su viaje a Washington, «había pedido permiso» para su golpe de diciembre contra Viola.

 

 

Los derechos humanos y el embargo de armas

 

Después de la elección de Reagan, se puso énfasis en Washington en explicar los conflictos en Latinoamérica, en el contexto de la guerra fría y en «blanquear las violaciones de los derechos humanos de las dictaduras de derecha» (Maechling 1983, pág. 122). Este nueva vehemencia no era simplemente el resultado de la ideología conservadora que estaba invadiendo Washington, sino la única respuesta lógica al deseo de fortalecer las relaciones entre los EE.UU. y los gobiernos de derecha de todo el mundo, especialmente en América latina.

 

Con respecto a la Argentina, el Departamento de Estado comenzó a enfatizar el hecho de que el gobierno militar había estado en guerra con los terroristas respaldados por el comunismo, y que los abusos a los derechos humanos habían sido los efectos colaterales inevitables, aunque no deseados, de esa guerra. «Queremos buenas relaciones con Argentina, dijo un vocero del Departamento de Estado. Cualquier anormalidad en las relaciones se debe, en gran medida, a la posición pública asumida en lo que respecta a la práctica de los derechos humanos en ese país» (New York Times, marzo 12, 198l).

 

Mchael Novak, el delegado de los EE.UU. a la sesión 37 de la Comisión de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas en Ginebra, tenía instrucciones de probar y elaborar un convenio con los europeos occidentales a fin de evitar más investigaciones en los abusos de los derechos humanos en Argentina. Si este trato no era aceptable para los argentinos, Novak votaría en contra. Sólo la aceptación de un compromiso por parte de la junta evitó un escándalo diplomático (New York Times, marzo 22, 198l). Sin embargo, Maecheling (1983, pág. 122) argumenta que un voto simbólico había sido hecho por los EE.UU. «para exonerar al gobierno militar de la Argentina por su rol en hacer efectiva la desaparición de miles de civiles.. ». Cuando se le preguntó sobre esta situación, Jeanne Kirkpatrick contestó que «la meta de mejorar las relaciones con la Argentina requería esa posición, y había sido aprobada por el secretario de Estado Haig» (New York Times, marzo 5, 1981).

 

Otro asunto que simboliza explícitamente los cambios que la administración Reagan estaba implementando para mejorar sus relaciones con la Argentina, fue el pedido de suspender el embargo de ventas de armas y ayuda militar de los EE.UU. a ese país. Esta vez, el departamento de Defensa condujo el debate en el Congreso norteamericano. El teniente general Ernest Graves, director de la Agencia de Asistencia de Seguridad, testificó ante el Congreso que la administración quería levantar el embargo para enviar a la Argentina «una señal positiva y fuerte de que los EE.UU. están empeñados en cooperar en la defensa colectiva del hemisferio» (New York Times, mayo 8, 1981).

 

También se puso énfasis en el hecho de que levantar el embargo era el único modo de obtener la cooperación argentina en la consecución de los intereses de los EE.UU. en la región «incluyendo tanto los de seguridad como los de los derechos humanos». (SCHOULTZ, pág. 185)

 

Aunque en ese momento no era aún de conocimiento público, el levantamiento del embargo de armas significaba más que la meta del fortalecimiento de las relaciones entre ambos países -La ayuda y la venta de armas, de los EE.UU. a la Argentina, también incluía un quid pro quo, en el cual «Argentina expandería su apoyo y entrenamiento de los Contras, ya que no había aún autorización para los EE.UU. de hacerlo» (Marshall, pág. 58).

 

La seguridad hemisférica y del Atlántico sur

 

Un viejo anhelo de muchos militares de los EE.UU., especialmente de aquellos de alto rango en la armada, ha sido el desarrollo de una contrapartida de la OTAN en el Atlántico Sur. Esta meta, sin embargo, ha tenido tradicionalmente un lugar secundario con respecto a otras preocupaciones de seguridad norteamericana.  Pero, con las informaciones sobre la presencia de submarinos soviéticos en esa región aumentaban, y como se estaba considerando la probabilidad del establecimiento de bases soviéticas en Angola, el asunto, una vez más, ganó importancia.

 

Durante una de sus varias visitas, el general Walters trató de conseguir apoyo entre los militares argentinos para un sistema de seguridad en el Atlántico Sur, bloqueando la penetración soviética en la región. La «Organización del Tratado del Atlánfico Sur» (OTAS), tal como iba a ser llamado el proyecto, tenía por objeto colocar a la Argentina, Sudáfrica, y otros países de la región, junto a una participación activa de los EE.UU. La seriedad con que los EE.UU. consideraban la seguridad en el Atlántico Sur, fue detallada por el general Graves, quien, en testimonio frente al congreso, dijo que «si nosotros vamos a monitorear y proteger líneas estratégicas de comercio y comunicación en el Atlántico Sur, necesitamos trabajar más estrechamente con estados como la Argentina» (New York Times, mayo 8, 1981).

 

Los militares argentinos recibieron muy bien los pedidos de los EE.UU. sobre cooperación en el aumento de la presencia militar norteamericana en el Atlántico Sur. Hasta hubo conversaciones amistosas sobre la posible utilización de las bases navales y aéreas argentinas por parte de los EE.UU. (Newfarmer, pág. 196). Aún más, los EE.UU. y la Argentina reanudaron maniobras navales conjuntas -interrumpidas durante la época de Carter - que comenzaron en septiembre de l981 y en las que participaron nueve barcos de guerra norteamericanos y cuatro argentinos (Miami Herald, septiembre 19, 1981).

 

Durante las discusiones mantenidas entre Walters y los argentinos sobre la OTAS, se puso sobre el tapete la importancia de las islas Malvinas en ese sistema de seguridad. Según Gavshom y Rice (pág. 18), «tal proyecto no podría resultar sin cierto trato sobre las Malvinas, entre Gran Bretaña y Argentina: cosas concretas, no abstracciones, era lo que le importaba a Walters».

 

Tam Dalyell (págs. 133 y 134), miembro laborista del parlamento británico, argumenta que cuando el General Vernon Walters estuvo en la Argentina «discutió, inter alia, el establecimiento de una Organización del Tratado del Atlántico Sur.  También discutió las ventajas, para tal organización, de una base en las islas Falklands (Malvinas), aproximadamente a lo largo de las líneas de Diego García (base de los EE.UU. en e1 océano Indico). Sin embargo, el entendimiento fue que el convenio sobre cuestiones del hemisferio debería llevarse a cabo entre los EE.UU. y Argentina, lo esencial de la política norteamericana en el Atlántico sur y no entre los EE.UU. y Gran Bretaña. Preguntando por los militares argentinos sobre qué haría Gran Bretaña, el norteamericano respondió que los británicos harían barullo, protestarían y nada más, con la implicación de que los norteamericanos podrían suavizar las plumas erizadas de los británicos».

 

No es de sorprender que Cardoso (pág. 33) explique que, entre muchos militares argentinos de alto rango, una solución en el conflicto de las Malvinas pudiera estar ligada con el ofrecimiento a Washington de una base naval en las islas.

 

 

La Argentina y América Central

 

La decisión peculiar de enviar ayuda militar y asesores a América Central fue concebida inicialmente por los militares argentinos en 1979. Surgió de la hipótesis de que la Argentina podría «ocupar los espacios vacíos en la lucha del continente contra el comunismo», los que estaban siendo abandonados por efecto de la política de Carter sobre los derechos humanos en América latina (CARDOSO, Pág. 13).

Desde un principio, el equipo Reagan se mostró muy complacido de ver a los militares argentinos asumiendo el compromiso de luchar contra el comunismo en América Central. Se consideraba a Buenos Aires estando en una posición como para aceptar (dándose más fondos y apoyo material desde Washington) un grado de participación en la crisis de la región, el que, debido a consideraciones políticas domésticas hacía casi imposible que los EE.UU. pudieran emprender en ese momento.

 

Los tópicos que concernían a este asunto fueron los temas centrales de las visitas a Buenos Aires de Vernon Walters y Thomas Enders, y también del encuentro en Nueva York entre el secretario de Estado Haig y Camilión, canciller argentino.  Según algunos informes, Haig puso énfasis en la importancia que los EE.UU. daban a América Central y dijo que «no se puede ni siquiera descontar la posibilidad de un nuevo bloqueo a Cuba» (CARDOSO, Pág 13).

 

Convencidos completamente por declaraciones como ésta -y muchas otras- de que estaban convirtiendo a América Central en una prueba de la promesa de EE.UU. de combatir al comunismo, el gobierno argentino empezó a autoconvencerse de que incrementar su rol en la región aumentaría su influencia en Washington. Poco después de la reunión Haig - Camilión, la Argentina retiró sus embajadores de Cuba y Nicaragua.

 

La pieza central del plan de Reagan, con respecto a América Central, fue un arreglo elaborado entre los EE.UU. y la Junta Argentina por el General Galtieri.  Leslie Gelb, periodista del New York Times (New York Times, abril 8, 1983), explicó que «por el pacto, la Argentina sería responsable, con fondos e inteligencia norteamericanos, de atacar el flujo de pertrechos que iban a través de Nicaragua a El Salvador y Guatemala». Si bien no fue admitido nunca públicamente por los norteamericanos, todos los demás involucrados sabían que el motivo real, detrás de la organización y ayuda económica a un grupo de exiliados nicaragüenses, era desestabilizar el régimen Sandinista, tanto como fuera posible.

 

La revista Newsweek (noviembre 8, 1982), también informó sobre el pacto entre los EE.UU. y Argentina. Más aún, en un largo artículo, expuso la existencia de un llamado «plan Charlie», concretado alrededor de la misma época, el que convocaba a la Argentina a liderar un ejército de paz interamericano y a «empujar las guerrillas comunistas de El Salvador tierra adentro, hacia Honduras, donde el ejército de ese país las aplastaría en un movimiento de pinzas».

 

Este «Ejército de Paz» iba a ser el resultado de la activación del Tratado Interamericano de Ayuda Recíproca contra Nicaragua y la guerrilla salvadoreña.  Thomas Enders, en una de sus visitas a Buenos Aires, propuso que la Argentina liderara un grupo de países para pedir la activación de este tratado.  Si bien la idea fue del agrado de los argentinos, no se puso en marcha de inmediato y eventualmente murió durante la guerra de las Malvinas. Sin embargo, el canciller argentino trató de conseguir apoyo de Brasil para luchar contra el comunismo en América Central.  Aunque esta tentativa tampoco llegó a concretarse, a Washington le impresionó favorablemente el gesto argentino (CARDOSO, pág. 44).

 

Si bien es difícil evaluar con precisión el grado de la contribución argentina a la cruzada de EE.UU. en Centroamérica, los informes obtenidos en esa región, en Washington y en Buenos Aires, sugieren que la participación militar o paramilitar de la Argentina fue «significativamente mayor que la indicada por la prensa internacional, tanto en lo que se refiere al número de participantes como a la variedad de las acciones emprendidas por ellos» (Muñoz, pág. 127). El Washington Post (diciembre 15, 1982), reveló que aproximadamente varios cientos de argentinos fueron enviados en misiones de entrenamiento secreto, apoyo e inteligencia a Centroamérica, especialmente a Honduras, pero también a Guatemala, El Salvador y Costa Rica. De manera similar, Little (pág. 301) dice que a lo largo de 1981 y hasta mediados de 1982, la Argentina tenía más de quinientos asesores operando en la región.

 

 

Guatemala

 

El rol de los argentinos en Guatemala se remonta a mediados de los años setenta, y creció considerablemente después del embargo de armas de Carter a ambos países. Comenzando a mediados de 1981, alrededor de la época en que la Argentina aumentó su presencia en toda América Central, muchos periodistas internacionales comenzaron a informar sobre la intrincada relación existente entre las fuerzas armadas de Guatemala y Argentina.

 

Según Dabat y Lorenzano (págs. 80 y 8 l), la Argentina estuvo involucrada en el entrenamiento de más de doscientos oficiales guatemaltecos sobre «técnicas de interrogación y métodos represivos» en ese país y en bases militares argentinas.  Junto con el gobierno israelí, la Argentina también intervino en 1a creación de un centro de inteligencia en la ciudad de Guatemala y en la provisión de muchos tipos de armas y municiones a las fuerzas de seguridad guatemaltecas. Solamente en 1981, la Argentina contribuyó con dos millones de dólares de ayuda militar que comprendía materiales clave como napalm, granadas, bombas de gas y chalecos antibala (Duhalde, pag.123).

 

El testimonio de ex oficiales de seguridad guatemaltecos, que desertaron, afirma que los militares argentinos estuvieran directamente involucrados en sesiones de tortura e interrogación (Anderson, pag. 177). Otros informes dicen que la participación y ayuda directa de los especialistas argentinos en contrainsurgencia, fue clave en el éxito de varias operaciones del ejército guatemalteco contra los crecientes grupos guerrilleros (BARRY Y PREUSCH, Pág. 232).

 

 

El Salvador

 

Mientras la Argentina actuó unilateralmente ayudando a los guatemaltecos, los oficiales militares y de inteligencia de EE.UU. y Argentina cooperaron activamente en mejorar la eficiencia de las fuerzas de seguridad salvadoreñas.  La prioridad que se dio en Washington a la derrota de las guerrillas de El Salvador, especialmente después de su ofensiva masiva a fines de 1980, llevó a Galtieri a ofrecer toda la ayuda requerida para fortalecer el régimen salvadoreño.

 

A continuación del retorno de Galtieri a Buenos Aires, después de su última visita a los EE.UU., el gobierno argentino anunció el otorgamiento de un crédito de quince millones de dólares a El Salvador (CARDOSO, Pág. 16). La Argentina empezó también a participar en el entrenamiento de la élite de las tropas salvadoreñas en bases militares de EE. UU. envió muchos asesores militares a El Salvador, Según Dabat y Lorenzano (pág. 81), el grado de participación en combate en El Salvador puede deducirse de los reclamos de la guerrilla de que más de cien asesores militares argentinos habían sido muertos hacia fines de 1982. El testimonio de muchos refugiados salvadoreños en Honduras también apunta a una participación argentina directa y constante en la represión y tortura en áreas rurales de El Salvador (DUHALDE, pág. 12l).

 

 

Honduras, Costa Rica y Panamá

 

La participación de los militares argentinos en Honduras había comenzado en 1979, poco después de la derrota de Somoza por los Sandinistas. A principios de 1981, la Argentina otorgó a Honduras un crédito de veinticinco millones de dólares y aumentó considerablemente su presencia militar en ese país. A mediados de 1981, la capital de Honduras, Tegucigalpa, se convirtió en la principal base de operaciones de las tropas y de los oficiales de inteligencia argentinos, en América Central.

 

Los asesores argentinos y las fuerzas de seguridad hondureñas, que también estaban recibiendo ayuda y entrenamiento de la CIA, eliminaron sistemáticamente a muchos hondureños sospechosos de apoyar o participar en oposición izquierdista y movimientos guerrilleros. De 1981 a 1984, estos escuadrones de la muerte eliminaron varios cientos de civiles, y los nativos empezaron a hablar del «método argentino» como de una nueva importación (MARSHALL pág. 132).

 

En mucha menor proporción, los militares argentinos también intervinieron en Costa Rica y Panamá. Según muchos informes, la embajada argentina en Panamá se transformó en un inmenso centro de inteligencia y logística. El personal en la embajada se incrementó drásticamente con la llegada, en 1981 y 1982, de más de sesenta «agregados militares». Aún más, el recién nombrado embajador fue el hombre que hasta entonces había estado a cargo de la inteligencia para la junta argentina (DABAT y LORENZANO, pág. 80).

 

Dentro de Costa Rica, los militares argentinos organizaron varios ataques armados contra la Radio Noticias del Continente (de tendencia izquierdista), trataron de organizar grupos paramilitares y lanzaron varias campañas periodísticas para intimidar a las figuras democráticas de izquierda.

 

 

Nicaragua y los Contras

 

Comenzando en septiembre de 1979, la Argentina incremento el número de personal militar en Honduras y Costa Rica a fin de establecer los primeros contactos con los varios pequeños grupos antisandinistas de la región (DICKEY, Pág. 90).

 

Como un quid pro quo para la ayuda argentina, un pequeño destacamento de ex guardias nacionales somocistas - parte de un grupo conocido como Legión 15 de Septiembre - convino en bombardear una estación de radio de izquierda en Costa Rica (KORNBLUH, Pág. 27). Si bien el ataque fracasó (otros seguirían después), los lazos entre los antisandinistas y los argentinos se hicieron más sólidos.

 

La mayoría de los informes señalan a enero de 1981 como el comienzo del compromiso argentino de apoyar los objetivos de los contras para derrocar al gobierno sandinista. Unos pocos asesores argentinos se instalaron en refugios secretos y bases en la frontera, y comenzaron a entrenar pequeños grupos de exiliados nicaragüenses (ANDERSON, pág. 224). En marzo, los primeros veinte de un total de ochenta ex guardias, llegaron a Buenos Aires para entrenarse en técnicas de sabotaje y guerra de guerrillas. Poco después, Bermúdez, un ex oficial de la guardia de Somoza y el líder de la Legión 15 de Septiembre, fue a la Argentina a solicitar dinero y respaldo para su liderazgo. Según Gutman (pág. 53), Bermúdez recibió cincuenta mil dólares y pleno apoyo argentino. Otras fuentes estiman que la ayuda argentina inicial dada a Bermúdez ascendió a cerca de trescientos mil dólares (CHRISTIAN, pág. 197).

 

Solo un mes después, Edmundo Chamorro y unos pocos líderes de otro grupo contra - la Unión Democrática Nicaragüense (UDN) - también fueron a Buenos Aires a pedir ayuda. Los argentinos les dieron de treinta mil a cincuenta mil dólares y ofrecieron proveer más apoyo si los varios grupos antisandinistas dejaban de lado sus diferencias y se unían (CHRISTIAN, pág. 198).

 

La mayoría de las fuentes está de acuerdo en que la Argentina jugó un rol clave en la unificación de las diversas facciones de los contras - que se denominarían Fuerzas Democráticas Nicaragüenses (FDN) - y en enfatizar la necesidad de un frente civil, preferiblemente con base en los EE.UU., el que legitimizaría las fuerzas en el campo y haría lobby para conseguir más ayuda (DicKEY, pág. 119 y CHRISTIAN, pág. 197).

 

Alrededor de mediados de 1981, los EE.UU. - a través de Walters y otros enviados -, alentaron enormemente los esfuerzos argentinos para entrenar fuerzas antisandinistas, tanto en Argentina como en Honduras, y ofrecieron financiar parte del proyecto (New York Times, diciembre 19, 1982).  En convenios secretos entre la CIA y la inteligencia militar argentina, los argentinos sirvieron como primer instrumento de la ayuda americana a los Contras. La CIA también participó, a través de oficiales argentinos en Tegucigalpa, estableciendo los refugios y lugares de entrenamientos (KORNBLUSH, págs. 23-27).

 

Durante la mayor parte de 1981, los Contras hicieron poco más que organizarse y entrenarse. En noviembre, la CIA recibió autorización del gobierno de los EE.UU. de intervenir más abiertamente en la región y se la proveyó con 20 millones de dólares para ser usados supuestamente para interceptar el traslado de armas de los sandinistas a las guerrillas salvadoreñas. Parte del dinero se usaría para financiar una fuerza de 500 hombres de exiliados nicaragüenses en Honduras. A esta fuerza se le uniría más tarde una unidad de 1000 hombres que ya estaba siendo entrenada y financiada por los argentinos. El director de la CIA, Casey, testificando ante el comité del Congreso, presentó la operación como algo ya en camino. Dijo que la Argentina había establecido ya campos de entrenamiento para exiliados nicaragüenses dentro de Honduras. «En efecto dijo – los EE.UU. estarían involucrándose dentro de una operación ya en marcha.» (New York Times, abril 8, 1982)

 

Alrededor de esta época, los asesores argentinos en Honduras empezaron a divulgar la noticia de que los gobiernos de Argentina, EE.UU. y Honduras, habían llegado a un acuerdo Para ayudar al FDN con el equipo necesario, dinero y asesoramiento militar. La dirección, liderazgo político y militar, sería provista por los argentinos, Honduras proveería el territorio y los EE.UU. el dinero y la inteligencia (CHRISTIAN, pág. 200). La importancia del papel de la Argentina en organizar, entrenar, dar fondos (directa o indirectamente), y en cierta medida dirigir a los Contras, es algo que no debe subestimarse, aun después de que los EE.UU. se involucraran más directamente en el proyecto. Según Cardoso (pág. 16), Argentina fue la Principal fuente de financiamiento, y entrenamiento para los Contras, hasta bien entrado 1982.  Los funcionarios norteamericanos han declarado que hasta mediados de 1982, «la Argentina tuvo la mayor responsabilidad en financiar y entrenar la guerrilla antisandinista» (New York Times, diciembre 19, 1982). En forma similar Gutman (pág. 105) explica que aún después de que los EE.UU. se involucraran más con los Contras, «los argentinos permanecieron en completo control de la estrategia y las operaciones» a lo largo de 1982. Los mismos miembros del FDN admiten que «las decisiones en los tiempos, entrenamiento, logística y objetivos fueron hechas por los argentinos». Eran también los pagadores (mencionado en GUTMAN, pág. 104 y 105).

 

Los argentinos también tenían mucho que ver con la elección de los que conducirían el FDN. En algunas ocasiones, muchos entre los líderes políticos o militares del FDN no estuvieron muy conformes con la orientación ideológica de los que estaban a cargo de las tropas en el campo. Sin embargo, los elementos más democráticos entre los exiliados nicaragüenses tenían poca influencia, especialmente porque los argentinos controlaban los recursos económicos.

 

Al final de 1981, un grupo de seis altos oficiales de los Contras trataron de desplazar a los ex guardias de Somoza del liderazgo del FDN. Los acusaron de malversación de fondos, falta de espíritu patriótico y de alienar el apoyo del FDN dentro de Nicaragua debido a sus antecedentes. Su tentativa fracasó por la oposición argentina. Al final, Bermúdez y otros ex guardias, quienes contaban con el apoyo de los argentinos, purgaron esos elementos más «moderados» entre los contras y consolidaron su liderazgo (MARSHALL, págs. 133 y 134).

 

No debería sorprender, cómo las operaciones de los Contras experimentaron un gran retroceso después del retiro de considerable apoyo argentino cuando los EE.UU. se alinearon junto a los británicos en la Guerra de las Malvinas. Según Dickey (pág. 175), un periodista norteamericano que pasó un tiempo con los Contras, llegada la primavera de 1983, diez meses después de haber sido retirada la mayor parte del apoyo argentino, «los norteamericanos estaban aún tratado de consolidar su control durante la transición, de establecer contacto directo con el liderazgo militar del FDN y de organizar las operaciones diarias de campo».

 

Conclusión

 

La rapidez y el grado de respuesta militar de los británicos a la invasión de las Malvinas probaron, muy claramente, que los argentinos se habían equivocado al subestimar el impacto que su acción causaría en Londres.

 

Como explica Lawrence Freedman (pág. 200), «nada pudo convertir a las islas Malvinas mismas en algo de gran valor estratégico y económico, pero la circunstancia de su pérdida hizo de su recuperación una causa popular».

 

Si bien el error de cálculo argentino sobre la respuesta británica a la invasión estuvo basado en la lectura equivocada de las señales provenientes de Londres y en un pensamiento esperanzado por parte del gobierno militar, no debería asumirse que el error de cálculo sobre el rol de los EE.UU. en el conflicto estaba basado también en consideraciones absolutamente no válidas.

 

Como he tratado de mostrar en este artículo, la estrecha relación desarrollada entre la Argentina y los EE.UU., y el papel activo que tuvo la Argentina en lo que en ese momento pareció ser la meta más importante en la política exterior de los EE.UU. -detener la extensión del comunismo en América Central - debe ser evaluada cuidadosamente, para comprender mejor porqué las expectativas sobre la neutralidad norteamericana en el conflicto de las Malvinas no fueron simplemente el resultado de, errores de cálculo, sino de la política de los EE.UU. hacia la Argentina durante el período 1981-1982.

 

No es de sorprender que el general Galtieri y la mayoría de los líderes argentinos se manifestaran asombrados por la decisión de los EE.UU. de alinearse con Gran Bretaña en el conflicto de las Malvinas. Como informó Christian Science Monitor (mayo 1982), entre la mayoría de los argentinos «Estados Unidos es casi más condenable que Gran Bretaña ... Gran Bretaña es el enemigo; Estados Unidos que se alió con Gran Bretaña, es el un traidor».

 

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